
La Navidad, la época de la felicidad obligada, de consumo frenético y de gran negocio para los grandes almacenes, nunca fue mejor retratada (y de eso hace ya 50 años) como lo hizo Berlanga en Plácido. “Siente un pobre a su mesa” rezaba el slogan de la inmortal película.Verla en estos días es un buen ejercicio para darnos pistas de que va realmente todo esto.
Son buenas fechas para diferenciar la caridad de la solidaridad. La primera, dicen, es vertical, es decir, viene otorgada desde arriba, por capricho, sin ánimo de continuidad, y es utilizada en las religiones para calmar conciencias y allanar el camino al cielo. La segunda, la solidaridad, es horizontal, se da al mismo nivel, y se ofrece por justicia social, no por compasión. Deberíamos practicarla todo el año, y no esperar a que ongs, marcas comerciales, o autoridades con ánimo electoralista nos la hagan ver. Por eso ver a Rajoy, con delantal y paleta, repartiendo comida en un comedor social el día de Nochebuena es un síntoma inequívoco de que la Navidad no se caracteriza precisamente por su honestidad y de que aún hay en nuestra sociedad una evidente confusión en nuestros valores.