
Compre una caracola de chocolate y me cobraron doce euros, diez por derechos de autor del tío que inventó la caracola, un euro por la misma caracola y otro por el transporte.
Vi que la mejor película española era de un tío encerrado en un caja y se estrenaba pronto su secuela, que era dos hombres metidos en un caja. Caminé despacio, y como el que no quiere la cosa me encendí un cigarro. Al instante, una mujer con un carrito de la compra y la permanente muy reciente, me señaló con su dedo índice y empezó a gritar. No tardaron en venir dos policías, uno alto y otro bajito. El más alto me golpeó en la nariz y el bajito en mis partes nobles. Caí al suelo, desmayado, y cuando desperté estaba en un hospital y me habían operado de la próstata. Una enfermera vino y me dijo que me tomara quince pastillas en el desayuno y después lo meara todo. Me desperté de golpe de la pesadilla y cuando me quise dar cuenta se hizo de noche y mi gato Francisco me pidió otro tazón de quicos de colores.